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Reflexión Didáctica

La enseñanza, al ser un fenómeno constante, eterno, vital e incoercible, se manifiesta a veces de manera pulsátil y otras veces de manera continua. Siempre se aprecia como algo singular y diferente en cada ocasión, aunque sus resultados sean reproducibles, nunca son idénticos. Este fenómeno permite una conversación dinámica entre la matriz universal y la matriz personal de cada uno de sus elementos, generando una experiencia humana que transforma a todos los involucrados para nunca volver a ser iguales.

“La educación no es una actividad desde fuera, no es una yuxtaposición a lo existente en el ser humano, sino un desarrollo íntimo de cuánto somos, vamos siendo en el vivir inserto en el proceso evolutivo del cosmos. La racionalidad necesita ser educada para integrarse plenamente en su cometido. Para educar son necesarias actividades didácticas que el alumno no conoce, pero las disfruta o padece” (Herrán Gascón, 2008).

 

“Al referirnos a las ciencias ilustrativas, Historia de la Educación y Educación Comparada, lo primero que se recomienda es no diferenciar entre Historia de la Educación (como análisis de la tecnología y praxis) e Historia de la Pedagogía (como análisis de planteamientos, ideas, principios, etc.), puesto que, en palabras de Ferrández (1986: 51): «en el plano didáctico es importante esta convergencia si se quiere dar sentido a muchos planteamientos teóricos ya existentes y su correlato aplicativo; del mismo modo, interesa ver cómo las distintas modalidades prácticas y tecnológicas han generado nuevos planteamientos teóricos. Esta relación intrínseca se lee como una espiral que cada vez abarca más campo y concreta, de acuerdo con criterios pedagógicos, los campos del pensar, conocer y hacer»” (como se citó en Bermejo y Ballesteros, 2017,).

Partimos entonces de nuestras dos premisas esenciales: la didáctica es la disciplina teórico-práctica y tecnológica de la enseñanza. Al ser la conjunción entre la teoría y la práctica de la enseñanza, es fundamental para el aprendizaje y todos sus elementos interrelacionados.

 

Frecuentemente, el estudiante veía la enseñanza como un conjunto fragmentado de conocimientos: una estructura del saber llena de letras, leyes, argumentos, historia y otros datos. Se percibía en este contexto aislado, estresado y determinado por la evaluación, experimentando inseguridad académica por no acertar correctamente, se veía obligado a perseguir la acreditación de sus materias para finalizar un simple trámite, perdiéndose de la experiencia transformadora del aprendizaje, alejándose así de su punto más nutritivo y esencial, el “aprendizaje abierto, activo, interactivo, en comunidad, social y colaborativo, para un pensamiento crítico; aprendizaje flexible, innovador, creativo, conectado, personalizado, multidisciplinar, motivador, que incentive el aprender a aprender; aprendizaje a través de canales y soportes diferenciados” (García, 2019), propio del estudiante del XXI.

Como señala Mallart (2001), “repetir sin más modelos de actuación sin otra justificación que el haber funcionado en otro momento o en otro contexto no basta… la didáctica no es, no puede ser y no debe ser una mera aplicación práctica de conocimientos, principios, teorías, normas… elaborados en el seno de otras disciplinas”.

 

El error y la insuficiencia en lo que conocemos son lo que nos permite alcanzar un mayor conocimiento al abrir la puerta a la exploración. Lo que creemos saber nos limita; aquello que ignoramos potencialmente nos expande. Al concienciar nuestros saberes y permitir la interacción libre entre todos los elementos del proceso enseñanza-aprendizaje —“alumno, maestro, objetivos, contenidos, metodología, organización de los espacios y tiempos de aprendizaje, ambiente de clase, ambiente de centro, contexto social y cultural, etc.” (Bermejo y Ballesteros, 2017) — bajo la luz de la didáctica, logramos el equilibrio teórico-práctico y así aprovechamos su poder tecnológico para brindar una experiencia humana adaptable y diferenciadora. Como citan Bermejo y Ballesteros (2017) a Benedito (1987) y Eisner (1979), “Los procesos de enseñanza y aprendizaje son… impredecibles, variados, singulares, multidimensionales, contextualizados: particulares, cambiantes e irrepetibles”

Como cita Bermejo y Ballesteros (2017) a Medina y Salvador (2009) “La didáctica es una ciencia aplicada y práctica que significa saber hacer, es decir, que nos ayuda a resolver los problemas cotidianos con los que se encuentran los maestros en los procesos de enseñanza y aprendizaje”

Y esto no es tarea fácil, ya que expone a todos los elementos de la didáctica —alumnos, maestros y sociedad— a manifestar y llevar a la práctica su deseo de participar en este proceso de aprendizaje. Como afirma Moreno (2011), “la orquestación del proceso de enseñanza no es una tarea sencilla, demanda del docente conocimiento teórico y práctico, habilidades cognitivas y sociales, destrezas, actitudes y valores deseables, así como una buena dosis de intuición o sentido común, entre otras”

Pero ¿Cómo es que podemos superar entonces las dificultades por las que pasó el estudiante que veía a la enseñanza como un burdo montón de aburrido conocimiento? ¿Cómo puede el docente mantenerse en un equilibrio didáctico frente al reto de la didáctica del siglo XXI?

 

“¿Qué podemos hacer para evitar este desequilibrio entre la teoría y la práctica de la enseñanza? A este respecto, Carr y Kemmis (1988) destacan la importancia de la investigación educativa como generadora de nuevas experiencias que potencien la integración del nuevo conocimiento teórico y práctico para: reducir el distanciamiento entre teoría y práctica, mejorar su eficacia, y regenerar principios y normas que nos ayuden a analizar y resolver los problemas habituales que se derivan de la práctica docente” (Bermejo y Ballesteros, 2017, p. 21).

Entonces “…habría de contarse con docentes dispuestos y capacitados para el cambio, para trabajar de otra manera, con otros métodos y con nuevos recursos que puedan ofrecer formas alternativas de enseñar y aprender, pensamiento y actitudes hacia los aprendizajes que los llevarán hacia el éxito” (Bates, 2015, como se citó en García, 2019, p. 18).

 Desde la perspectiva semántica, que “constituye el segundo nivel de estudio de la didáctica… la didáctica se preocupa fundamentalmente de identificar cuáles son los contenidos de los que se ocupa la misma: enseñanza, aprendizaje, instrucción y formación educativa (Benedito, 1987; Díaz, 2002; Medina y Salvador, 2009, como se citó en Bermejo y Ballesteros, 2017, p. 22)

 Esto nos da espacio para la “formación integral de la persona para desarrollar tanto sus… valores sociales y culturales, así como como objetivos individuales, contenidos curriculares, conceptuales, procedimentales y actitudinales” (Bermejo y Ballesteros, 2017, p. 23)

 Estos componentes de la didáctica nos permiten identificar con claridad los ingredientes a destacar en nuestra práctica cotidiana con nuestros estudiantes y nos impulsa al análisis crítico de nuestro quehacer como docentes del siglo XXI.

 Como señala Gascón (2008) “En la incontingencia del ser, el mundo es un cosmos, cada uno de sus componentes tiene, va teniendo, su manera de comportamiento como parte del todo. La educación es una actividad en ajustado proceso de secuencia con la genética, ésta proporciona la potencialidad de ser, la educación la forma concreta de irse realizando”